lunes, 6 de abril de 2015

Ficciones: La constelación


Ficciones

La constelación

Por Julia Volonté

“La contradicción es fuente de toda vida y todo movimiento”
W. Hegel
 

    Era esponjoso. Lo palpaba y era esponjoso. No sé muy bien como llegué a tocarlo. Sólo recuerdo que la curiosidad fue mayor que el miedo. Y aunque lo tenía, no lograba paralizarme. Tantas veces me había quemado que una ampolla más no me importaba.

    Me sorprendió el color que no era desteñido, ni estridente. Era un color preciso. Si bien titilaba, él era firme. Como una estrella, nosotros la vemos titilar, pero ¿cuál es su color verdadero?

    Sabía que iba a encontrarlo. Era un saber secreto. La curiosidad superó el miedo. Mi mano fue deslizándose, atravesó los colores. Desde el naranja llegó al azul, donde está más caliente. Pero por primera vez no me quemó.

    Como estar sumergida en una nube. Era esponjoso, y ahora lo sé, él es esponjoso, porque yo lo soy también.

    Primero fue la duda que nos distanció largo rato. Sólo en el tiempo de brillar pudimos renombrar los colores, así hallamos nuestro color y allí originar la nueva constelación.

jueves, 2 de abril de 2015

Ficciones: Perfume de tango


Ficciones

Perfume de tango

Por Nilda Di Battista

    Metió las manos en los bolsillos, escondiéndolas a tantos saludos.

    ¿Tanto alboroto por su regreso? ¿Había sido tanto el tiempo de su ausencia? Sí, fueron treinta años.

    Para Miguel no había sido más que un breve paseo; una incursión hacia otros territorios, extraños, inhóspitos…

    Sus antiguos amigos interrogaban: -¿Y cómo te fue? ¿Cómo estás?

    - Bien, estoy bien,- respondía.

    Y por dentro repetía lo que venía a su mente al pensar en su vida: “He cometido el peor de los pecados, no he sido feliz”. (1)  

    Recorrió casi sin pensar las viejas veredas de su barrio, sombrías por los plátanos que las bordeaban, rugosos, torcidos, con cicatrices de iniciales marcadas a cuchillo, casi como él mismo.

    ¿Puede el hombre torcer su destino? ¿Lo construye o se entrega a él? Las decisiones que se toman, ¿son parte del camino o son ilusiones de un cambio que no existe como posible?

    Recordó su vida: la muerte prematura de sus padres en ese tonto y cruel accidente terminó su corta infancia. Cuando todavía no tenía edad para entenderla, éste le arrebató para siempre la alegría y lo marcó con miedos que siempre perduraron.

    Devastado, quedó a cargo de su abuela quien, a pesar de sus esfuerzos, nunca pudo reemplazar su pérdida.

    Miraba con frecuencia la foto de ellos: la belleza rubia y serena de su madre, sus ojos mansos. La prestancia de su padre, que él había heredado.

    Nunca dejó de mirarlos, de extrañarlos y conmoverse viendo cómo se eternizaban como un joven matrimonio con la edad de la de sus hijos.

    Miraba las caricias que recibían sus compañeros de manos de sus madres: ¿cómo sería la caricia en el pelo, el reto espontáneo, el cuidado de las comidas? Así como el ciego prescinde de formas y colores, él se acostumbró a esconder la ternura, el ser hijo, de recibir besos y cariños fraternales.

    Su carácter manso y tranquilo lo convirtió en un hermano postizo de sus compañeros.

    Enrique Soler, su amigo del alma, fue quien lo cobijó y casi lo convirtió en un hijo más para aquella familia tan querida en sus recuerdos.

    A pesar de la rigidez que reinaba en ese hogar, presidida por un padre militar y una madre sumisa, encontró en ellos una oculta ternura que lo protegía. La disciplina férrea sólo era quebrantada por algún infantil capricho de Ana Julia, la hermana menor, a quien todos adoraban por su candidez.

    Y ahora también había perdido a Enrique, cuando él todavía estaba lejos y no pudo ni siquiera darle su último adiós.

A veces repaso mis horas aquellas
cuando era estudiante y tú eras la amada
que con tu sonrisa repartías estrellas… (2)

    Levantó la vista, saliendo de sí mismo; sus pasos lo habían llevado hasta la plaza principal, verde, prolija, perdurando a través de los años sin modificaciones, seguramente porque el barrio no era apto para la construcción de grandes edificios o de grandes shoppings que transformarían su geografía.

    Y allí, frente a él, en la esquina, reconoció al club del barrio: “Club Atlético y Social América”. ¿Se debía ese nombre a la mágica palabra que los inmigrantes de la zona habían pronunciado como una esperanza de vida, al dejar sus tierras de origen? Seguramente fue así: América, la tierra soñada.

    El Club permanecía inamovible, sólido, remozado por la pintura con colores actuales que ocultaban sus viejos muros. Habían construido un gimnasio donde antes se extendía la terraza, donde años atrás, en los días de verano, se amontonaban mesas y sombrillas que protegían del calor.

    En la esquina, el bar permanecía sin cambios. A través de las ventanas contempló la pista y el escenario, donde los sábados a la noche se instalaban las orquestas que amenizaban los bailes. En la entrada un cartel con grandes letras anunciaba:

Sábado, 20 de octubre, 2009
22 horas
Gran baile Gran
Con la orquesta típica de Federico Acosta
Y la voz de Osvaldo Fiol.
Actuará el cuerpo de baile de tango,
con la dirección de Ana Julia Soler.
Entradas en venta

    Así que todo seguía igual. ¡Osvaldo todavía cantaba! ¿Después de treinta años? Claro, tenía su edad. Decidió y supo que el sábado estaría allí, como tantos años antes.

    Pensó nuevamente en Enrique; compañeros de primaria y secundaria, al ingresar en la Facultad, sus caminos divergieron: Miguel ingresó en Bioquímica, mientras que su amigo lo hizo en Filosofía y Letras.

    ¡Qué años aquéllos! Las noches de estudio, el bullicio de las calles, la calle Córdoba que reunía en sus bares a una juventud insólita, pensante, luchadora. Los centros de estudiantes hervían de ideologías, en discusiones acerca de revoluciones y temas candentes.

    Los militares subían y bajaban los gobiernos, los universitarios eran aguerridos, idealistas… “nidos de subversión” pensaban los viejos retrógrados, plenos de temores. ¡Pero ellos eran jóvenes, fogosos y creían poder cambiar el mundo! Pero los sábados volvían al Club del barrio, a lucir en la pista los pasos de tango ensayados previamente.

    Ana Julia, aquella mocosa caprichosa, se había cortado las trenzas.

Barrio de tango, luna y misterio,
calles lejanas, cómo estarán,
viejos amigos que hoy ni recuerdo
qué se habrán hecho, dónde andarán.
Barrio de tango, qué fue de aquella
la rubia que tanto amé… (3)

    Noche de tango. Desde un rincón miraba la mesa donde estaba Ana Julia, custodiada por su madre y su amiga María Inés que, con su mirada pícara, lo invitaba desde la distancia. La orquesta arrancó con un tango

…si supieras que aún dentro de mi alma
conservo aquel cariño que tuve para ti… (4)

    Se acomodó el saco y rumbeó a la mesa, la mirada dirigida a María Inés, que lo esperaba. Y fue en ese momento (culpa del destino) que, por arrogancia, orgullo o porque la vida lo quiso, se volvió hacia Ana Julia y le dijo: -¿bailamos?-.

    Fueron al medio de la pista y le costó comenzar el baile; había tanto conocimiento entre ellos que se sintieron embargados de una vergüenza nueva. Abrazó la cintura breve de la rubia, que se abría como un abanico hacia el escote. Percibió el cuerpo frágil debajo de la seda liviana del vestido; el brazo de ella se deslizó buscando su cuello, estremeciéndolo. Sus miradas quedaron casi al mismo nivel; los ojos azules de Ana Julia lo interrogaban, lo seducían, lo amarraban.

    Miguel le preguntó: -¿Te atrevés al tango?-
    -Probame-, contestó Ana Julia sin levantar la voz.

    Se deslizaron por la pista, los cuerpos respondiendo al compás del dos por cuatro. Giros, quebradas, ochos, todo se lo permitieron, asombrados del descubrimiento de la conjunción de los movimientos.

    Al volver a la mesa, María Inés había desaparecido.

    Como todos los sábados, junto con Enrique, acompañaron a Ana Julia y a su madre, las pocas cuadras que los separaban de su casa. La noche era serena y se percibía el tremolar de sus corazones.

    Casi sin palabras, turbados, al llegar a la puerta se despidieron, las manos ansiosas de caricias, y el beso en la mejilla, escaso y breve, les confirmó que algo había cambiado para siempre. Luego, el amor, la pasión, los encuentros escondidos en las salidas, protegidos siempre por el hermano mayor.

    Los viernes se encontraban a la salida de las clases de tango de Ana Julia, pero esa tarde, sería distinta. La esperaba dentro de su auto cuando la vio salir apresurada del club del brazo de María Inés, desencajada, y antes de que él pudiera acercarse, se alejaron en un taxi. Por Enrique se enteró de lo sucedido. María Inés la había convencido de que aquello era un juego de revanchas y que el verdadero interés de Miguel estaba en ella.

Más frágil que el cristal fue mi amor junto a ti.
Cristal tu corazón, tu mirar, tu reír
……………………………
Cuánto, cuántos años han pasado,
grises mis cabellos y mi vida.
Solo, siempre solo y olvidado
con mi espíritu amarrado
a nuestra juventud. (5)

    Miguel no pudo explicar su verdad. Se cerraron las puertas de la confianza para él. Ana Julia no quiso tampoco escuchar a su hermano, encerrada en su dolor. Rompía las cartas enviadas por Miguel, no contestaba el teléfono, y huía si lograba acercarse.

Un día
he de perder tu rostro
como un himno en la muchedumbre.
Rodará tu sonrisa
como las naranjas
sobre las manteles de júbilo
pero tan distante de mí,
como un faro del centro del océano. (6)

    Siempre lo sorprendió su manera de recordarla; estando en Madrid, en las fiestas de la Puerta de Alcalá, en el Rastro, de tapas en la Plaza Mayor, súbitamente oía una voz o el ondear de una breve melena rubia y pensaba: “Ana Julia”, “Ana Julia”, pero no era ella.

    Añoraba su inocencia, la manera en que breve y cortante ante la pregunta de un pretendiente de ¿bailamos?, contestaba: “Disculpe, tengo la pieza pedida” y darle tiempo a Miguel para que se acercara para salir a bailar.

    Percibía como presente su cuerpo moviéndose al compás de la música, acompañándolo en cada compás. Pero llena de dolor y vergüenza Ana Julia había sucumbido a la intriga.

Ojalá pase algo que te borre de pronto:
una luz cegadora, un disparo de nieve
ojalá, por lo menos, que me lleve la muerte,
para no verte tanto, para no verte siempre
en todos los segundos, en todas las visiones:
ojalá que no pueda tocarte ni en canciones. (7)

    No eran tiempos fáciles: Enrique lograba apenas que sus padres le permitieran seguir en la facultad; había listas de sospechosos, allanamientos, cadenas de amenazas, desaparecidos, teléfonos pinchados, mensajes en clave. Miguel se balanceaba entre “nunca milité” y “llevan a cualquiera”. Era por si acaso para averiguación de antecedentes. El ser universitario era ya una sospecha.

    Una tarde recibió un llamado de Enrique: -“Che, Flaco, dice mi padre que ya tenés el permiso para salir del país, que le parece buena idea que visites a tus tíos en España. Hasta te consiguió el pasaporte y el pasaje”. Miguel entendió la orden oculta y contestó: -“Ah, sí, Negro, qué bien, ¿y cuándo salgo?”. –“Mañana”.

    No, eso no, la lejanía no, el exilio no, el abandono no, el dejar los afectos no, no despedirse de nadie no, no ver más a Ana Julia no…

    ¿Qué se lleva alguien cuando deja un país? La vida resumida en lo que entra en una valija. Hasta que el avión no despegó, no estaba seguro si era una ida o una trampa. Recién cuando dejaron atrás las fronteras del país, comenzó a transfigurarse y poner orden a lo ocurrido. La estadía sería breve, pocos meses, y volvería y todo estaría en lugar, y todo tendría sentido. La misma inquietud lo persiguió al llegar a Madrid, “esto es temporal, no puede estar ocurriendo”.

    Aferrado a los tangos y el mate, únicos recuerdos de su patria, comenzó “mientras tanto” a trabajar, a retomar su carrera, a construir de cero una nueva vida. Las cartas le traían noticias, todo seguía igual, todo demora en volver a la normalidad, Ana Julia nunca más te nombró.

    “Mi vida, te espero en el primer avión, cree en mis palabras, nunca podré amar a otra mujer, no hay paz si no es entre tus brazos”. Cartas rotas, cartas mojadas en lágrimas, cartas ignoradas.   

    Conoció a Lola cuando deambulaba entre la desesperación y la bronca. Era dulce, comprensiva, no había pasión entre ellos. Se casaron cuando le anunció su embarazo; luego los hijos, su carrera profesional casi brillante, la vida, siempre con el sueño de volver.

Volver, con la frente marchita
las nieves del tiempo
blanquearon mi sien.
Sentir, que es un soplo la vida… (8)

    Los años pasaron. Lola enfermó y murió, como ella era, en paz, sonriente y sin requerimientos. Este hecho y el anuncio de la muerte de Enrique, lo decidieron: retirado de su profesión, sus hijos casados, no había impedimento para el regreso; por otra parte, había papeles por firmar y debía hacerse cargo de la casa heredada de sus padres, y volvió.

Vuelvo al Sur,
como se vuelve siempre al amor,
vuelvo a vos,
con mi deseo, con mi temor.

Llevo el Sur,
como un destino del corazón,
soy del Sur,
como los aires del bandoneón. (9)

    El sábado se preparó con esmero. Los botones de la camisa fueron la mayor dificultad para sus manos temblorosas. Llegó temprano, poca gente, los integrantes de la orquesta acomodaban los instrumentos y la vio. Más rubia, más madura, elegante; el vestido negro resaltaba su figura más firme y segura. Pensó en acercarse pero esperó.

    De pronto, los primeros acordes… -“si supieras que aún dentro de mi alma conservo aquel cariño que tuve para ti”-. Caminó lentamente hacia Ana Julia. Un puente de recuerdos y sentimientos en sus miradas; la ternura nubló los ojos claros de Ana Julia y hasta le pareció que brillaban con la humedad de las lágrimas. Se paró frente a ella, esperanzado, tembloroso y, con una voz que le sonó lejana, preguntó: “¿Bailamos?”. Ana Julia lo miró desde el fondo de sus recuerdos, de su amor y de su dolor. Desvió la vista y con tono impersonal contestó: “Disculpe, tengo la pieza pedida”.

    Reaccionó ante el frío de la noche y recién al llegar a la vereda pudo respirar hondo. Sintió que se deshacía en fragmentos dolorosos. Se aferró a un árbol para no caer y pensó que había perdido la última oportunidad, que no habría segunda vuelta, que su vida era un viaje de ida sin posibilidades de retorno.

    Se levantó las solapas del saco para protegerse del frío y, sintiendo que las lágrimas que corrían por su cara eran inagotables, emprendió lentamente el camino a su casa, ya sin esperanzas.

“Me fui, como quien se desangra” (10)

 

Obras citadas
    1.  Jorge Luis Borges. Poesía
    2.  La novia ausente. Tango
    3.  Barrio de tango. Tango
    4.  La cumparsita. Tango
    5.  Cristal. Tango
    6.  Susana Soba. Poesía
    7.  Ojalá. Canción
    8.  Volver. Tango
    9.  Vuelvo al Sur. Tango
    10. Ricardo Güiraldes. Don Segundo Sombra

lunes, 30 de marzo de 2015

Poesías: Cadena poética


Poesías

Cadena poética

Por María Julieta Escayola

Cadena de poesías publicadas en la red social de Facebook entre los días 5 al 9 de marzo de 2015

5 de marzo 2015

Sería prudente
Insurgente o paciente
Estar esperando
Esperando a tu lado
Un toque de magia
De tus labios con besos de anís.

6 de marzo de 2015

Y fueron los días
En que los mensajeros dormían
A la vera del camino
El pasto no había sido cortado por meses
El sol secaba las fuentes
El retorno se hacía impensable.

Y fueron los días
En que los suicidas abundaban
El otoño se aproximaba
La vuelta era imposible.

Y fueron los días
En que el niño se acercó
A la orilla del lago
Sacó su sombrero de lata
Se puso a jugar.

Nunca volvió.

7 de marzo de 2015

No escurras entre tus dedos
La pequeña felicidad que se presente
No esgrimas tus sueños
Ante el ave que amenaza
Siente el temblor
Pero no lo hagas propio
En el límite de las cosas
Está bueno encontrarse

Porque sólo hay dolor.
Lo demás es ilusión.

8 de marzo de 2015

La aurora marcó el día
La noche no fue entregada
Los dioses se rindieron
Apareció uno solo
El reloj nunca dio la hora
El vestigio de los cuerpos
indicó que ya era el momento
Fue el instante de partir
No miró para atrás
No le dijo nada
Guardó todo para sí
La noche nunca fue entregada.


9 de marzo de 2015

La despedida es sólo el comienzo
Pero la aurora también
No esperemos el crepúsculo
Porque no llegará
Como nosotros pensamos.

Demos la bienvenida al sueño
Porque la vigilia dice adiós
No acobardemos el corazón
Aunque nos impongan la sensatez.

La despedida es sólo el comienzo
El inicio es el omega
El alfa es el adiós.

 

Luego de leer, se recomienda ver el siguiente video del artista Adanowsky

 

jueves, 26 de marzo de 2015

Ficciones: El cumpleaños


Ficciones

El cumpleaños

Por Nilda Di Battista

    Se despertó con la luz que entraba por la persiana entreabierta… “como todas las mañanas” pensó y era evidente que ningún pedido de lo contrario surtiría efecto… Retiró las mantas y la luz se encendió en su mente… era su cumpleaños, y, según lo planeado, EL ÚLTIMO… ¿Sería capaz de realizar los planes tantas veces  pensados?

    Al pasar delante del espejo camino al baño, miró su imagen  reflejada: a pesar de los años que tenía, su silueta era más que aceptable: el gimnasio y la vida sana mantenían los músculos activos y la figura erguida…

    Tomó una larga ducha y se dirigió al placard para elegir la ropa… ¿Tenía que ser algo especial? No, decidió que no debía llamar la atención en ningún detalle…

    Eligió ropa de buen corte, la camisa impecable, los zapatos adecuados y se sintió conforme con el resultado… Su cabello aun con pocas canas acentuaba la viveza de sus ojos claros… último toque: un golpe de perfume, sutil, desvaído, como si fuera su propio olor…

    En el comedor estaba su hijo de visita, delante de una gran taza de café con leche y comiendo tostadas con manteca y dulce en cantidades más que suficientes para su dieta… sabía que terminaría siendo un obeso.

    ¡Pobre hijo mío! La genética no lo había beneficiado: el carácter débil y sumiso de la madre y el espíritu soñador del padre no resultó ser una buena conjunción… terminaría sus días como simple oficinista, sin pena ni gloria…

    Lo que sí era más que posible, es que a partir de mañana surgiera  la idea de volver a la casa paterna, quizá para paliar la soledad, pero sí seguramente para dejar de pagar el alquiler.

    ¡Después de todo el departamento paterno era tan grande!!!!

    No había saludos ni regalos de cumpleaños: un detalle más que aumentaría la culpa, cuando nada de lo dicho y hecho tendría vuelta atrás.

    El café estaba frío y hervido:”como todas las mañanas” pensó.

    Se aseguró que en su cartera estuvieran los papeles que necesitaría y se despidió con  besos escasos y lejanos.

    Antes de subir al auto, se aseguró que en el baúl estuvieran las cosas necesarias, lo mismo que los papeles en la guantera… Comenzó a manejar sin prisa…

    Rememoró el comienzo de los planes, mucho tiempo atrás… todo se inició cuando en una jugada de fin de año resultó premiado el billete comprado para los empleados; la cantidad era alta y se inició en una modalidad de inversiones que aumentaron  fuerte y progresivamente su capital… 

    No informó a nadie de estas operaciones sintiendo de algún modo que tenía entre manos un recurso que le daba seguridad aunque todavía no sabía cómo emplearlo… fue su carta de triunfo.

    El jefe del estudio donde trabajaba le aconsejó sobre otras inversiones y así vio crecer a través de los años sus propiedades y su cuenta bancaria: ahora había llegado el momento de actuar.

    El día transcurrió casi sin sobresaltos; puso todo su interés en resolver las actividades sobre las que tenía responsabilidad: nadie debía notar nada extraño es su conducta.

    El almuerzo de trabajo con sus compañeros acortó la tarde: había previsto una cena con algunos de ellos a la salida de la oficina, lo que le daba una buena excusa para no llegar temprano a su casa.

    En varios momentos se sintió fuera de las conversaciones habituales y de las bromas que surgían de una amistad de años dentro del grupo, pero las disimuló con habilidad: culparía a la emoción del festejo y al vino…

    Se despidieron con abrazos y besos: el momento compartido había  reforzado los lazos que unían al grupo y afianzó los sentimientos…

    Caminó lentamente hasta el estacionamiento y salió a la calle con cierta lentitud: no podía apresurar la marcha: ideas contradictorias  cruzaban por su mente; sabía que su resistencia era limitada y no quería entrar en dudas: se vio contemplando las calles, las vidrieras ya oscuras, los pocos peatones que, alejados por la hora y el viento que se había levantado caminaban apresurados.

    Era la última vez que veía lo tan cotidiano; dolorosas espículas de recuerdos le atravesaban la garganta y ponían temblor en sus manos.

    Al llegar al bajo, dobló para la Costanera y sintió que un llanto manso y tibio caía sobre su rostro, pero ya no habría vuelta atrás…

    Estacionó en una zona alejada, oscura y vacía: lentamente colocó todas las escrituras y papeles de acciones sobre el asiento, en lugar visible, y sobre los papeles, la alianza… alguien daría aviso a la policía al encontrar el auto abandonado y además sabía que en su casa había un duplicado de las llaves…

    Se desnudó lentamente hasta que sólo quedó su cuerpo despojado de todo pasado… tomó sus ropas y una a una las fue tirando al río… era como si tirara los despojos de su persona… sólo quedaba una pequeña bolsa en el asiento… de allí sacó un jean, una remera y un par de zapatillas deportivas… se vistió rápidamente, cerró el auto y tiró también las llaves al río…

    Corrió unos cien metros con desesperación, faltándole el aire, y corriendo todavía, tomó un pequeño sendero oculto por la maleza… podía escuchar el río golpeando en cada subida… el viento le tiraba su cabello en su cara y sólo era consciente de su corazón que latía tan fuerte que ocultaba los sonidos de la noche… casi sin ver y confiando en recordar el camino tantas veces ensayado, siguió de ese modo, jadeando, hasta ver en la distancia las luces de posición salvadoras de un auto que esperaba divisar…

    Abrió la puerta delantera del auto y se dejó caer sobre el asiento, queriendo recuperar su control… escuchaba entrecortadas las palabras dichas por esa voz que desde hace años era su refugio y su esperanza, desde aquella reunión de trabajo donde compartieron las primeras palabras… “cariño, que preocupación… te retrasaste… todo en orden… los fondos girados a los bancos del exterior… sin problemas… los nuevos pasaportes en regla… las valijas listas… sólo falta un cambio de color del cabello y en cinco horas volamos… mañana seremos dos ciudadanos más de luna de miel en Italia, y luego la finca perdida entre valles… nunca más separarnos…” a pesar de conocer todos los detalles, se tranquilizó de escuchar todo esto nuevamente, pero esta vez realizados……………… sintió el abrazo protector y querido… “y por supuesto, feliz cumpleaños…”

    A lo lejos, tímidamente las campanas marcaron las doce en punto…

    Su cumpleaños había quedado atrás…

 

PD: ¿Puede usted decir el sexo de la persona del relato????   

domingo, 22 de marzo de 2015

Ficciones: La casa de los gatos


Ficciones

La casa de los gatos

Por Mabel Fernández

 

    < < La margarita parece una flor simple, pero está compuesta por diferentes partes unidas que la conforma. El nombre proviene de la palabra anglosajona que significa ojo del día, ya que su flor se abre por la mañana > >

    Margarita comparte un departamento con una amiga de la facultad, llegó a La Plata, desde  un pueblo del interior.

    Desde muy chiquita, todos los fines de año venía con sus padres a pasar las fiestas, a la casa de la abuela Chela. 

    Al llegar a la cuidad vivió un tiempo con su abuela.  Los hábitos de la joven, incomodaban a la dueña de casa, que quería a su Pimpollito, como la llamaba a Margarita desde siempre, con toda su alma, pero que ya no estaba como para volver a adaptarse al torbellino que generaba la jovencita, en su aparente tranquilo hogar.

    - Abu, hoy, después de la facu salgo con las chicas, ¿no te molesta si venimos  a comer una pizza? vos no te preocupes por nada, nosotras la hacemos-… gritaba Margarita, ya casi saliendo, con el violín colgando de su espalda a modo de mochila, no dándole a la abuela tiempo de pensar una respuesta.

    - Abu, ¡vos que sos una genia! ¿No te harías unas tostadas para acompañar el mate?  Julián y Valen, vienen por la tarde a tocar… vos  tranquila, no vamos a molestarte…  Si le decía genia, la abuela no podía negarse.

    - Pimpollito,  ¿cuándo vas a dejar el baño en condiciones?...  acaso tu mamá no te enseñó que después de bañarse, la ropa se levanta del piso…

    La abuela  recordaba lo tranquila y bien educada que había sido su nieta de nenita, pero la adolescencia la había cambiado. También los años habían producidos cambios en Chela, la viudez, los hijos que ya no viven en la cuidad, y los cinco nietos varones, que ya no  vienen a visitarla. Poco a poco se había vuelto obsesiva con el orden  y la limpieza, sus amigas por diversas razones se alejaron de ella.

    La casa de Chela está a dos cuadras de la facultad de Bellas Artes, este hecho hacía que los compañeros de su nieta, entraran y salieran de su casa continuamente, dejando partituras, libros y bolsos por cualquier lado, para pasarlos a buscar en otro momento.

    Es una propiedad muy antigua, que debió ser muy hermosa en su época cuando recibía los cuidados necesarios. Desde la vereda,  detrás del cerco, se puede ver un jardín, embaldosado en rojo, con seis canteros hexagonales, distribuidos simétricamente con una sola variedad de plantas, clivias.  A las clivias les gusta la media sombra, por lo que en este jardín se ven espectaculares, todo el año tienen las hojas verde oscuro, altas y chatas y en primavera florecen en racimos naranjas, color que contrasta con el follaje, haciendo que los que pasan por el frente de la casa se detengan a mirar. Pero no es por esto que es conocida la casa de la abuela.

    Los incontables gatos que caminan por las baldosas rojas, o duermen en grupo cuando un rayito de sol en invierno, pega cerca de la puerta de un garaje construido a los fondos del jardín, le dan identidad al lugar, los vecinos llaman a la casa de Chela, la casa de los gatos.

    Para sus amigas y compañeros  Margarita es una chica sencilla, simpática y de buen corazón. Se levanta por las mañanas siempre feliz, tarareando  se baña, desayuna y camina hasta Bellas Artes. Con una sonrisa sincera, saluda a todos, desde los ordenanzas hasta los profesores y con un beso y un abrazo a las compañeras. Pone tanta  energía en sus intentos de superarse en los estudios, que a medida que llega el atardecer, sus ojos van perdiendo brillo y su linda cara empalidece. 

    No tardó mucho tiempo en hacerse de amigas, todas estudian algún instrumento, por lo que a veces se comunican con sonidos y gestos acompasados que sólo ellas entienden, característica propia  de los alumnos de música.

    Los gatunos habitantes del jardín, no entran a la casa, solo Mimosa, la gata de pelo largo gris, que Chela trata como a una criatura humana. Mimosa duerme casi todo el día, a la hora de comer, o cuando requiere  cariño, ronronea y se friega por las piernas de su dueña, consiguiendo la atención pronta de ella.

    A Margarita no le llamaban mucho la atención los gatos. Estaba  todo el día tan ocupada, que nunca almorzaba, ni cenaba con la abuela, llegaba tan cansada por la noche, que pasaban días sin que pudieran entablar una conversación. Chela estaba ya acostumbrada a comer solita, y para ella casi que era mejor así, la nieta era vegetariana y para ella era muy complicado estar pensando que cosa podía comer o no, para empeorar las cosas, una de las amigas, la chica que estudiaba percusión, influenciaba sobre la dieta de su nieta.   – No comas nada de origen animal - había escuchado que le decía a Margarita.

    Vegana, le dijo Margarita a la abuela, Valen, es vegana.  Chela fue repitiendo bajito, vegana, vegana, para no olvidarse, llamó por teléfono al papá de su nieta y le dijo, tu hija quiere ser vegana…

    -Mamá, vos seguí tu vida y no te compliques, son cosas de la juventud, ya se le va a pasar… acordate que a la edad de ella, yo no quería comer pollo, y mirá ahora no solo me los como, sino que  tengo un criadero…

    A Chela no le había aclarado nada la contestación de su hijo, ella estaba intrigada con esa palabra, vegu, vegu, vegana, que se le olvidaba a cada momento y no quería preguntarle a las chicas, porque sentía que las molestaba con ese tipo de temas.

    -Abu, hoy me quedo en casa, tengo que preparar una materia teórica para mañana, así que almorzamos juntas, con una ensaladita me arreglo.

    Chela a las doce en punto, sobre un mantel con flores rojas  en la mesa chica de la cocina puso la mesa para dos…

    Esa misma tarde Margarita se mudó al departamento de Valen, la abuela le había preparado la ensaladita de tomates, espinaca y cebolla. Chela se sirvió carne al horno con papas, la miró a la nieta y le dijo sonriente: -Pimpollito, ¿quién no confunde gato por liebre?

miércoles, 18 de marzo de 2015

Sociedad: Francisco y las fotos


Sociedad

Francisco y las fotos

Por Fernando Volonté

 

    Acaban de cumplirse ya dos años desde que el cardenal argentino Jorge Mario Bergoglio fuera elegido en el Cónclave del Colegio Cardenalicio como Papa, adoptando desde entonces el nombre de Papa Francisco. En aquella oportunidad manifestó que llegaba desde “el fin del mundo”.

    “Tengo la sensación de que el Señor me ha puesto aquí para algo corto, no más”, acaba de señalar en una extensa entrevista con el canal mexicano Televisa, donde también dejó importantes definiciones sobre la política argentina.

    Fue en esa oportunidad que el Papa Francisco dejó un duro mensaje para los dirigentes argentinos que lo buscan o difunden los contactos que tienen con él, con fines electorales. “Tengo que decir: a veces yo me he sentido usado por la política del país, agregó en el transcurso de esa entrevista.

     De inmediato se recordó en medios argentinos algunas fotos que ciertos candidatos fueron a sacarse con el Papa para luego ser utilizadas para la confección de afiches durante la campaña electoral del año 2013.
 
    Pero ahora llegamos al extremo que para darse Corte un postulante a un Supremo Tribunal haya viajado hasta el Vaticano para lograr “la foto” con Francisco, para ser presentada como un contundente aval para sus aspiraciones. Por favor, tratemos de superarnos: “Más ideas y menos fotos”.   

sábado, 14 de marzo de 2015

Ficciones: Un hombre gris


Ficciones

Un hombre gris

Por Julia Volonté

    Cuando despertó la mañana de ese siete de septiembre Antonio Ponce no intuía el desenlace.

    Martita le preparó el café, como siempre. Y lo miró comer las tostadas que ella untaba con manteca.

    Luego de despedir a su señora con un beso. Antonio Ponce, enfrentó la calle. Con el diario bajo el brazo. Henchido el pecho. Entró en la oficina esa mañana. El suplemento deportivo en su mano derecha. Y la sonrisa inconfundible del “dale boca” en los labios.

    Cotidiana avanzaba, la mañana. Cuando en una esquina imperceptible de la duda. Problemático, se detuvo el pensamiento.

    Y las preguntas cayeron de los ojos. Que empezaron a ver. Más allá de las tostadas.

    Acaso alguna vez… ¿alguna incertidumbre gestó siquiera una certeza? ¿Acaso la respuesta traspasó el umbral? Ese, que separa lo que es, de lo que podría haber sido. Ese que divide la vida entre un vivir muriendo, de un morir viviendo. ¿Acaso alguna vez…? ¿Le dijo? ¿Escuchó? Tan sólo siquiera. ¿Escuchó su silencio?

    Sólo eran, acaso. Un hombre gris. Con preguntas grises. Que grismente mira a. Una gris mujer. Con respuestas grises.

    Por eso al ir volviendo. Antonio Ponce del trabajo. Pasó por el bar. Y se tomó un tinto con el Negro. Pensando en Barijho. Y el gol de anoche. Que quedó en un ocaso. Cuando Antonio Ponce abrió la puerta. De su casa y vio. Sentada a la señora de Ponce. En la mesa donde a la mañana había desayunado. Café con tostadas. Que Martita había untado con manteca. Antes de escucharse las respuestas. Que ya no eran grises. De todos los colores flotaban. En el aire enrarecido. De ese siete de septiembre. Con los ojos cerrados. Al ocaso. Y la cabeza. Encima de la mesa sin palabras. En el largo silencio. Vio Antonio Ponce a su mujer, Martita de Ponce. Muerta.